¿Existe una “leyenda negra” en torno a la Iglesia Católica?
Cuántas veces en las aulas del colegio, y con muchísimo mayor intensidad en las universitarias, recibimos una sacudida cataclísmica en nuestros valores, de la cual no es muy fácil salir invictos.
¿Quién no ha tenido un profesor (o varios, más bien) que arremeten tremendamente –hasta con saña, diríamos– contra el papel que la Iglesia ha jugado en el desarrollo de la civilización en Occidente? Temas como el de la inquisición, la evangelización (la “invasión”, dirían ellos) y otros, son ocasión de no escatimar ningún calificativo despectivo para la Esposa de Cristo.
Recuerdo que un día, fue al colegio a darnos una charla un sacerdote español; no recuerdo ya el tema ni la ocasión, pero lo que sí recuerdo es que junto a algunos compañeros le hicimos perder la paciencia; dejó el asunto del que nos estaba hablando, y comenzó a defender con ardor a la Iglesia de nuestros arbitrarios ataques. Todo lo que dijo fue, para mí, algo completamente nuevo: cómo la Iglesia reconstruyó Europa después de las invasiones de los bárbaros que habían acabado con el Imperio Romano, convirtiendo a esos salvajes en pueblos civilizados; cómo hizo la Iglesia para irradiar por todo el viejo continente la cultura grecorromana -que se asiló, en medio del caos, en los conventos- pero extrayéndole lo que esta tenía de chocantemente pagano y transfigurándola con la riqueza del Evangelio; cómo esparció la caridad cristiana y la enseñanza, estableciendo hospitales (por primera vez en la historia) y universidades (que aún existen) por todas partes. Cómo, cuando llegaron los evangelizadores a América, encontraron pueblos sumidos en la más oscura noche de la civilización, y cómo los elevaron en dignidad, a costa, muchas veces, de su propia sangre, haciendo surgir de ellos, las actuales naciones iberoamericanas, tan ricas culturalmente y que tanta esperanza dan para el futuro.
Bien, para resumir: el religioso nos dejó completamente mudos. Para nosotros, que aún no habíamos perdido la Fe, pero estábamos en franco proceso de perderla por la nefasta influencia de la “leyenda negra”, fue toda una revelación lo que habíamos oído del sacerdote, y en los siguientes días, una pregunta rondó incesantemente nuestras cabezas: Si esto es cierto ¿Por qué no se enseña en las aulas? Pero, no sólo eso ¡bueno fuera! ¿por qué, más bien, sólo se enseña lo contrario?
Llegó hace poco a mis manos, un libro con revelaciones, realmente esclarecedoras, de un investigador y periodista especializado en el tema. Su nombre es Vittorio Messori, italiano; y el libro, “Leyendas negras de la Iglesia”. En él, Messori, con mucha fineza, va derrumbando, uno a uno, los prejuicios anti-históricos que usan los enemigos del catolicismo para achacarle una letanía interminable de falsedades: el mito sobre el tribunal de la Santa Inquisición; la “edad oscura” de la historia que habría sido la Edad Media; la supuesta “invasión” de América, “amparada por los frailes”; el ficticio apoyo del Papa Pío XII a Hitler; la supuesta falsedad del Santo Sudario de Turín, entre muchos y muchos otros.
En esta página web iremos desarrollando lo esgrimido por Messori, apoyados además en otros autores no menos relevantes.
Por ahora, haremos notar apenas cómo surgió esta leyenda negra, para, con esa premisa, seguir develando sus distintos aspectos. En el primer capítulo del libro ya referido, encontramos lo siguiente:
“Desde el siglo XVI las potencias nórdicas reformadas –Gran Bretaña y Holanda in primis– iniciaron en sus dominios de ultramar una guerra psicológica al inventarse la “leyenda negra” de la barbarie y la opresión practicadas por España, con la que estaban enzarzadas en la lucha por el predominio marítimo”.
Y añade el autor cómo esa leyenda negra fue acogida, incluso, por un sector del clero y de la feligresía católica, influenciados por la tristemente célebre “teología de la liberación”:
“Leyenda negra que, como ocurre puntualmente con todo lo que no está de moda en el mundo laico, es descubierta ahora con avidez por curas, frailes y católicos adultos en general, quienes, al protestar con tonos virulentos en contra de las celebraciones por el V Centenario del descubrimiento ignoran que, con algunos siglos de retraso se erigen en seguidores de una afortunada campaña de los servicios de propaganda británicos y holandeses”.
Messori insiste en las razones que tuvieron los creadores de dicha leyenda negra:
“Pierre Chaunu, historiador de hoy, fuera de toda duda por ser calvinista, escribió: “La leyenda antihispánica en su versión norteamericana (la europea hace hincapié sobre todo en la Inquisición) ha desempeñado el saludable papel de válvula de escape. La pretendida matanza de los indios por parte de los españoles en el siglo XVI encubrió la matanza norteamericana de la frontera Oeste, que tuvo lugar en el siglo XIX. La América protestante logró librarse de este modo de su crimen lanzándolo de nuevo sobre la América católica”.
El autor luego analiza otros procesos para compararlos con el de iberoamérica:
“En historia resulta impracticable la edificante exhortación de ´que cada uno se quede en su tierra sin invadir la ajena´. No es practicable no sólo porque de ese modo se negaría todo dinamismo a las vicisitudes humanas sino porque toda civilización es fruto de una mezcla que nunca fue pacífica. Sin ánimo de incodar a la Historia Sagrada misma (la tierra que Dios prometió a los judíos no les pertenecía, sino que se la arrancaron a la fuerza a sus anteriores habitantes), las almas bondadosas que reniegan de los malvados usurpadores de las Américas olvidan, entre otras cosas, que a su llegada, aquellos europeos se encontraron a su vez con otros usurpadores. Los imperios azteca e inca se habían creado con violencia y se mantenían gracias a la sanguinaria opresión de los pueblos invasores que habían sometido a los nativos a la esclavitud.
“Aquellos triunfos se debieron sobre todo al apoyo de los indígenas oprimidos por los incas y los aztecas. Por lo tanto, más que como usurpadores, los ibéricos fueron saludados en muchos lugares como liberadores.
“(...)Volviendo a la mezcla de pueblos con los que es preciso hacer las cuentas de un modo realista, no debemos olvidar, por ejemplo, que los colonizadores de América del Norte provenían de una isla que a nosotros nos resulta natural definir como anglosajona. En realidad, era de los britanos, sometidos primero por los romanos y luego por los bárbaros germanos –precisamente los anglos y los sajones– que exterminaron a buena parte de los indígenas y a la otra la hicieron huir hacia las costas de Galia donde, después de expulsar a su vez a los habitantes originarios, crearon lo que se denominó Bretaña. Por lo demás ninguna de las grandes civilizaciones (ni la egipcia, ni la romana, ni la griega, sin olvidar nunca la judía) se creó sin las correspondientes invasiones y las consiguientes expulsiones de los primeros habitantes.
“Por lo tanto, al juzgar la conquista europea de las Américas será preciso que nos cuidemos de la utopía moralista a la que le gustaría una historia llena de reverencias, de buenas maneras, y de ´faltaba más, usted primero´.
“Aclarado este punto, es preciso que digamos también que hay conquistas y conquistas, y que la católica fue ampliamente preferible a la protestante.
“Como escribió Jean Dumont, otro historiador contemporáneo: “Si, por desgracia, España (y Portugal) se hubiera pasado a la Reforma, se hubiera vuelto puritana y hubiera aplicado los mismos principios que América del Norte (“lo dice la Biblia, el indio es un ser inferior, un hijo de Satanás”), un inmenso genocidio habría eliminado de América del sur a todos los pueblos indígenas. Hoy en día, al visitar las pocas “reservas” de Méjico a Tierra del Fuego, los turistas tomarían fotos de los supervivientes, testigos de la matanza racial, llevada a cabo además sobre la base de motivaciones ´bíblicas`.
“Efectivamente, las cifras cantan: mientras que los pieles rojas que sobreviven en América del Norte son unos cuantos miles, en la América ex Española y ex Portuguesa, la mayoría de la población o bien es de origen indio o es fruto de la mezcla de precolombinos con europeos y (sobretodo en Brasil) con africanos”.
Esto es sólo el comienzo, y prepárense amigos pues lo que viene es “artillería pesada”...
Inca de la Vega
Cfr. VITTORIO MESSORI, “Leyendas Negras de la Iglesia” – Editorial Planeta, 2001.
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