La realidad, en especial la del pasado, es mucho más compleja de lo que, vulgarmente, se simplifica. Y aunque suene ridículo, no falta la persona que se ha imaginado a la “Edad Media” como un tiempo en que casi no salía el sol. Claro, bien sabemos, el “oscurantismo” a que se hace referencia se vincula con una supuesta época de “toscos e ignorantes”. Pero ¿puede una época de ignorantes ser un tiempo que da origen, por ejemplo, a la Universidad?
Se trata de una pregunta que no responderemos en detalle. Régine Pernoud señala:
“Yo podría citarle a algunos medievalistas que dicen ser tales y que jamás han ido a trabajar al Archivo Nacional; no sé cómo se las arreglan para conocer bien la ‘Edad Media’” (“Reencuentro con la Edad Media”, en Antúnez Aldunate, Jaime, De los sueños de la razón al despertar. Nueva crónica de las ideas, Zig-Zag, Santiago, 1990, p. 36).
En otra obra la gran medievalista francesa realiza dos consideraciones interesantes. La primera es que la Antigüedad admirada por los renacentistas no es sino “cierta Antigüedad, la de Pericles para Grecia y, para Roma, la que se inspira en el siglo de Pericles. O sea, el pensamiento y la expresión clásicos, y sólo ellos: los romanos de César y Augusto, no los etruscos; el Partenón, pero no Creta o Micenas” (Para acabar con la Edad Media, Medievalia, Barcelona, 2003, pp. 18 y 19).
La segunda es que muchos historiadores serios, antes del “Renacimiento” moderno, hablan de un “Renacimiento carolingio” e incluso de uno situado en el siglo XII, que han llamado “humanismo medieval” (Cfr. Ibid., p. 19) y que tiene como cumbre a un Santo Tomás de Aquino (1225-1274).
Léopold Genicot ha dicho sobre la época carolingia:
“En primer lugar el cambio más claro e importante ocurre en el terreno intelectual: el Renacimiento se hace franco”.
Y después agrega:
“El Renacimiento se amplifica (...). Llega hasta un número cada vez mayor de capítulos y de abadías del centro y del norte del Imperio. Mientras que las escuelas de Corbie, Fulda, Reichenau o San Gall, ya existen bajo Carlomagno, cobran un nuevo auge, otras que hace nada eran apreciadas o que son de reciente fundación les disputan la palma: Lyon, Auxerre, Corvey, etc. Los copistas de unas y otras (Fleury-sur-Loire, Sant-Germain-des-Prés, Saint-Denis, Saint-Bertin, Saint-Armand) intensifican su actividad y, gracias a su celo, las bibliotecas crecen rápidamente” (El espíritu de la Edad Media, Noguer, Barcelona, 1990, p. 108).
Y Régine Pernoud vuelve a poner el dedo en la llaga:
“...el siglo XVI las letras, al igual que las artes, no escapaban al postulado de la imitación; también en este campo había que conformarse a las reglas fijas del género greco-romano” (Para acabar..., p. 39).
En cambio, en la “Edad Media” surgen lo que la misma historiadora llama “visiones propias” (Las grandes épocas del arte occidental, Librería Hachette, Buenos Aires, 1954, p. 9).
Un gran error del “Renacimiento” moderno (y que persiste en la actualidad) es pensar que “si los artistas de los tiempos medievales no han pintado o esculpido como se lo hacía en la Antigüedad es porque eran incapaces de hacerlo” (Ibid., p. 13). Pero los artistas medievales conocían perfectamente los modelos clásicos, sólo que nos les satisfacían.
En materia intelectual, tampoco puede negarse que los hombres del “Medioevo” conocían la cultura clásica. Régine Pernoud lo prueba con una gran cantidad de ejemplos. Apunta a demostrar, nuevamente, el carácter imitativo del “Renacimiento” respecto de una parte acotada de los tiempos clásicos. Por nuestra parte, agreguemos el caso de Bernardo de Claraval que maneja un prosa llena de citas antiguas.
Pero, en fin, ¿por qué se piensa que la Edad Media es una época de “toscos e ignorantes”? Entre otras razones, por obra y “virtud” del anticlericalismo creciente desde el siglo XVIII. Esta visión anticatólica ha hecho circular el mito de que los monjes medievales “se habrían reservado celosamente la verdad en el silencio de los claustros” (Cardells Martí, Francisco, “Tópicos de Edad Media: Historia de una demonización”, en Mesa redonda B: Europa y su identidad cultural, Instituto de Humanidades Ángel Ayala, Universidad Cardenal Herrera CEU, Valencia, 2004, p. 4).
Sin embargo, la realidad es completamente diferente: conocido es el trascendental papel de los monasterios como centros difusores de cultura. Y no sólo para los mismos monjes, sino para toda la comunidad circundante. Cluny es el paradigma de ello. Pero no sólo él.















